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La PT-109: el liderazgo en acción

A principios de 1943 los trece tripulantes de la Lancha Torpedera norteamericana PT-109, destinada en las islas del Mar del Coral, no paraban de hacer comentarios entre ellos sobre la personalidad del que sería su próximo Comandante.

07
Nov
2016

A principios de 1943 los trece tripulantes de la Lancha Torpedera norteamericana PT-109, destinada en las islas del Mar del Coral, no paraban de hacer comentarios entre ellos sobre la personalidad del que sería su próximo Comandante. Acababa de ser nombrado para tal puesto un Alférez de Navío de 25 años y lógicamente se interesaban acerca de cómo sería la persona que iba a mandarles en los próximos meses y, con toda seguridad, conducirles a misiones de guerra arriesgadas, en uno de los puntos críticos de la 2ª Guerra Mundial. Poco habían llegado a saber: que pertenecía a una familia que poseía una gran fortuna e influencia, que su padre había sido Embajador en la Corte Británica, que había estudiado en la elitista Universidad de Harvard y que había escrito un libro, con el que había ganado, tan joven, el prestigioso Premio Pulitzer. Todo ello les había acrecentado el interés por conocerlo, pero una cosa les había atraído sobre todo, aún sin conocerlo: en la Marina había llegado a tener fama porque solía hablar con el mismo tono de voz a un Almirante y a un Marinero.

Cuando el nuevo Comandante se presentó a sus hombres, éstos vieron a un joven fuerte, con simpatía personal, que supo ganarse a toda la tripulación por su sencillez y cercanía. Pronto entraron en combate y el nuevo Comandante demostró cualidades para ser un jefe sensato y cumplidor exacto de las órdenes de combate. A principios de agosto de 1943, a la PT-109 se le encomendó, junto a otras dos Torpederas, patrullar en una determinada zona de las Islas Salomón, por donde debía pasar un convoy japonés. A las 2 de la mañana, un destructor japonés arrolló a la PT-109 y la partió en dos, muriendo en el acto dos tripulantes.

De los doce supervivientes (entre ellos el Comandante), dos resultaron gravemente heridos, flotando en el mar durante la madrugada. El Comandante dirigió la operación de salvamento, nadando durante cuatro horas 3,5 millas hacia un islote. Él, experto nadador como miembro que fue del equipo de natación de la Universidad de Harvard, podría haber llegado sin dificultad, pero nadó al ritmo de su maltrecha tripulación y arrastró una plancha de acero, tirando de ella con una soga agarrada con sus dientes, en la que se depositaron los heridos que no podían nadar por sí mismos.

Una vez en el islote, sin agua y sin comida, el Comandante nadó en solitario cerca de tres millas al día siguiente hacia otra isla en busca de agua y comida. Durante 6 días los tripulantes de la PT-109 sobrevivieron, hasta que pudieron ser conducidos por nativos melanesios a una base norteamericana, donde fueron finalmente rescatados por otra Lancha Torpedera.

La salvación de estos hombres se debió al comportamiento ejemplar de su Comandante, que no sólo se encargó de llevar sobre la plancha de acero a los heridos, reabriendo así su vieja lesión de espalda (lo que le dejó secuelas de por vida), sino que, además, nadó varias millas todos los días para conseguir alimentos y bebida para sus hombres. La Marina le otorgó una medalla por su acción.

Dieciocho años más tarde, una fría mañana de enero de 1961, en Washington, DC, la tripulación de la PT-109 desfilaba por las calles de la ciudad. Su antiguo Comandante acababa de jurar el cargo como Trigésimo quinto Presidente de los Estados Unidos; su nombre era John Fitzgerald Kennedy.

Este relato nos sirve para reflexionar sobre las claves del Liderazgo. A veces se tiene la tentación de “manosear” el tema del Liderazgo y aparecen “adjetivos” que complementan, matizan, cuando no desdibujan, la tan necesaria competencia de Liderazgo. En el relato de la PT-109 observamos cómo en el joven Alférez de Navío Kennedy se presentan ya algunos temas que, en mi opinión, sustentan el liderazgo de una persona: la sencillez en el trato, la cercanía y la naturalidad en la relación con jefes y subordinados, la calidez en la relación interpersonal, la ausencia de infatuación, saber transmitir la misión (el por qué ultimo) de lo que debe hacerse, no temer asumir riesgos, hacer que lo complicado parezca sencillo, la competencia profesional.

El Liderazgo, en mi opinión, sólo se sostiene sobre la base de la ejemplaridad, del ejemplo personal, y su más potente herramienta es la comunicación. En el joven Kennedy están ya las bases del líder político que, además de ser un ejemplo para sus hombres en el duro contexto de una guerra, fue capaz de decir frases tales como: “No te preguntes que puede hacer tu país por ti; pregúntate que puedes hacer tú por tu país”, pronunciada en el discurso de su jura como Presidente de los Estados Unidos; o “Ich bin ein Berliner” (“Soy un ciudadano berlinés”), pronunciada en un Berlín dividido por el vergonzoso Muro.


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